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Invención del Bolígrafo

Ladislao Biro ingresó al periodismo, luego de varias ocupaciones, entre ellas la de auxiliar en una imprenta. Al ejercer su profesión, se encontró con un problema que sufrían todos los periodistas al utilizar la tradicional lapicera estilográfica. La pluma se enganchaba en el papel si se escribía demasiado rápido, nunca faltaban manchones inoportunos y a menudo se terminaba la tinta en medio de un reportaje.

Para la creación del bolígrafo, alrededor de 1938, Biro se inspiró en las máquinas rotativas que imprimían los diarios. Usaban una tinta que se secaba una vez impresa en el papel. El periodista utilizó este mismo principio rotatorio, pero con una bola de acero dentro de un cilindro lleno de tinta por el cual esta bajaba, se impregnaba y al girar dejaba trazos de tinta en el papel. El proyecto se atrasó al no encontrar un mecanismo de secado rápido para la tinta. Durante este periodo Biro conoció en Hungría a un hombre argentino en un hotel, quien se mostró muy interesado en su invento y quería patentarlo. Sin embargo, Biro se había desapegado un poco del proyecto y prefirió rechazar la oferta.

Tras el comienzo de la segunda guerra mundial y la persecución de judíos por toda Europa, Biro recordó la oferta que el argentino le había hecho años atrás. Fue entonces cuando escapó junto a su amigo Juan J. Meyne al país latinoamericano. Allí contactó al que pensó que era un hombre de negocios, pero que en realidad era el expresidente de Argentina Agustín P. Justo. El político los apoyó en la instalación de una fábrica para llevar a cabo su proyecto, a pesar de que luego se desligó de él.

Luego de arduos esfuerzos y experimentos fallidos, Biro encontró la solución: la tinta en pasta. “Birome”, la marca de bolígrafos, se convirtió en un éxito a nivel nacional y Biro junto a Meyne ganaron millones de dólares al vender las patentes a compañías en Estados Unidos, Francia, Canadá y otros países.

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